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Anita González: “La Desideria”

Ana González nació en Santiago en el seno de una familia acomodada, un origen que contrasta con el derrotero artístico y político que marcaría su trayectoria. Su ingreso al teatro no fue resultado de una planificación académica ni de una vocación tempranamente definida, sino más bien de una invitación fortuita a participar en una comedia vinculada al mundo obrero. Ese cruce inicial con la cultura popular sería determinante: desde allí, González comenzó a construir una carrera que se movería constantemente entre el entretenimiento masivo y una mirada crítica sobre la realidad social chilena.

Durante sus primeros años trabajó en comedias de importantes compañías teatrales, entre ellas la liderada por Alejandro Flores. Sin embargo, la precariedad e inestabilidad laboral propias del oficio la llevaron a buscar una mayor autonomía creativa. De esa decisión surgió su proyecto más emblemático: “La Desideria”, un personaje que trascendió formatos y plataformas, instalándose en el teatro, el radioteatro y posteriormente en la televisión. La actriz fue pionera al acudir caracterizada a los estudios radiales —vestida como empleada doméstica—, desde donde relataba anécdotas humorísticas que conectaban directamente con el público popular.

Con el tiempo, esas historias cotidianas comenzaron a incorporar un contenido político cada vez más explícito. A través del humor, González introdujo discursos en defensa de la clase trabajadora y difundió nociones básicas sobre derechos laborales, utilizando los medios masivos como una herramienta pedagógica y de concientización social. Así, “La Desideria” dejó de ser solo un personaje cómico para transformarse en un vehículo de crítica social, en una época en que ese tipo de mensajes rara vez ocupaban espacios centrales en la cultura de masas.

De manera igualmente inesperada fue su ingreso a los teatros universitarios, cuando Pedro Mortheiru la convocó al segundo montaje del Teatro de Ensayo de la Universidad Católica. Entre 1947 y 1963 integró el elenco estable, debutando con Contigo en la soledad de Eugene O’Neill y participando en montajes fundamentales como Pigmalión, Los zorros no duermen, La loca de Chaillot y María Stuardo. Su versatilidad también quedó de manifiesto en su participación en el debut del Teatro del Ángel de Alejandro Sieveking con La mantis religiosa (1971), así como en obras clave del teatro social chileno, como Testimonio sobre la muerte de Sabina de Juan Radrigán, en 1979.

La amplitud de su registro actoral, sumada a su enorme llegada popular, le valió el Premio Nacional de Arte en 1969, consolidándola como una figura central de la escena cultural chilena del siglo XX. Sus últimos años los vivió alejada de los escenarios por motivos de salud, cerrando una trayectoria marcada por la coherencia entre creación artística y compromiso social. Ana González falleció en enero de 2008, a los 92 años, dejando un legado que sigue dialogando con la memoria cultural y política del país.

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