Un acto de curiosidad infantil marcó un punto de inflexión decisivo. A los 14 años, Camila Martínez desarmó el único computador de su hogar, un gesto de exploración que, si bien dejó la máquina inoperativa, encendió en ella una chispa de fascinación por la tecnología que definiría su futuro. Hoy, a los 29 años, esa ingeniera telemática de la Universidad de La Frontera de Temuco no solo superó las barreras de ser la segunda universitaria en su familia, sino que ha consolidado una carrera en el corazón de la astronomía mundial: el Observatorio ALMA (Atacama Large Millimeter/submillimeter Array).

Su camino, sin embargo, estuvo matizado por las dudas sistémicas que afectan a muchas mujeres en campos STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas). Camila reconoce haber postulado tres veces antes de integrarse formalmente al equipo de ALMA, donde inicialmente realizó su práctica y tesis. Esta hesitación refleja un fenómeno ampliamente documentado: como señalan estudios en reclutamiento y género, las mujeres tienden a postular a empleos solo cuando cumplen con el 100% de los requisitos, mientras que los hombres suelen hacerlo al cumplir alrededor del 60%. “A nosotras las mujeres nos cuesta asumir que tenemos las capacidades y herramientas necesarias, nos cuesta creernos el cuento”, analiza Martínez. “Y eso se acentúa aun más cuando eres de región, porque no crecemos con acceso. No podemos asistir a programas o a escuelas de verano, no hay posibilidades de crear redes de contacto. Y eso nos va moldeando desde la infancia”.
Actualmente, como parte del área de soporte y diagnóstico de software del Departamento de Computing, su labor es crucial: diagnostica y soluciona fallas en sistemas críticos, como el software que controla las 66 antenas del observatorio o el que almacena los datos cósmicos que capturan. Su equipo, compuesto por 30 personas, incluye a 7 mujeres, una dinámica que ella valora por la red de apoyo mutuo que han construido. “En ALMA se aprende algo nuevo todos los días”, afirma. “Es un sistema complejo… una organización totalmente interdisciplinaria. Todos los días hablo con colegas astrónomos, ingenieros, técnicos… Es un lugar muy inclusivo donde siempre me he sentido alentada”.
Al reflexionar sobre su recorrido en un sector históricamente masculinizado, Camila se reconoce afortunada por no haber enfrentado discriminación directa, pero es consciente de la excepcionalidad de su experiencia. “Soy muy consciente de que somos pocas las que podemos decir eso. Tengo compañeras que no han tenido la misma suerte, o que sus mismas familias no las apoyaron”. Su propio entorno familiar, por el contrario, reforzó su identidad como técnica: desde que ingresó a la universidad, se convirtió en la responsable de resolver desde fallas en notebooks hasta reparar un refrigerador con la ayuda de un manual en línea.
Sus referentes, significativamente, son mujeres que trascendieron los estereotipos de su época. Hedy Lamarr, actriz e inventora cuyo trabajo sentó las bases para tecnologías como el WiFi, y Margaret Hamilton, ingeniera de software clave para el programa Apolo, fueron faros en su formación. También recomienda “Hidden Figures” (2016), filme que visibiliza las contribuciones de científicas afroamericanas en la NASA. “Es bueno ver que hay mujeres en la ciencia y en la tecnología. Y no es necesario ser tan ‘matea’ tampoco… De hecho, en la universidad me eché cálculo. Simplemente he tenido oportunidades y he luchado por ellas”, concluye. “Lo importante es que sigamos, no hay que dejar que las caídas nos hundan”.
Su historia, más allá de la anécdota personal, se erige como un caso de estudio sobre resiliencia, el impacto de los referentes femeninos y la necesidad de derribar las barreras de género y geográficas que aún limitan el acceso equitativo a la ciencia y la tecnología de vanguardia.
/por Mariela Suazo para www.todomujeres.cl
- Esta noticia fue redactada por los profesionales de www.todomujeres.cl. Se autoriza su publicación citando la fuente







