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Marcia Ritchie: Investigadora  botánica de prestigio mundial

Fue jefa de sección de diversidad biológica en la Corporación Nacional Forestal y además ha ocupado en una gran investigadora y ha ocupado grandes e importantes cargos. Ella ha hecho de su vida una herencia viva de mujer que merece ser contada.

Mariela Suazo by Mariela Suazo
26 noviembre, 2025
in Entrevistas
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Marcia Ritchie: Investigadora  botánica de prestigio mundial
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Sus investigaciones desarrolladas principalmente en el Archipiélago de Juan Farnandez han servido para la preservación de especies naturales y del ecosistema de la isla

Redescubren una planta en Juan Fernández que estaba declarada como extinta | Ladera Sur

  • Marcia, nos gustaría que nos contara su inicio, su niñez, dónde nació, cómo se vinculó con la naturaleza, la biodiversidad, eh ¿Por qué es tan importante sobre todo hoy en día la naturaleza?

 

“Yo nací en Buin, así que ahí se irán dando cuenta de que como decía un compañero mío en la universidad, siempre fui de pueblito a un pueblito. Buin hace sesenta y ocho años, no es lo que es ahora.

 

Era campo, ¿verdad? Después nos fuimos a Maipo durante mi cuando yo era bebé. Y a los cinco años nos trasladamos a Rengo, región de O’Higgins, ¿verdad? Pues el trabajo de mi papá y mi mamá hizo su traslado también porque ambos trabajaban. Y me creí, me crié en Rengo hasta que salí de la universidad.Es decir, mis veranos eran ir a las nieves, a Pelequín, Mayo, a San Vicente, todas las zonas campestres, ¿ya? Eh mis padres eran más del área humanista, ¿ya? Pero en mi casa se discutía de todo, ¿ya? De todo. Y estas salidas a ir a los ríos, en aquella época uno podía ir al río feliz de la vida a mojarse las patitas, ¿verdad? Y mis veranos te digo con mis amigos era ir a las nieves, Popeta, todos esos sectores alrededor de Rengo. Y uno de mis primos estudió pedagogía en biología en la sede de las Chile en Talca.

 

Y ahí cada vez que llegaba a la casa hablaba de las maravillas de la biología. ¿Ya? Y obviamente que ya dejé de pensar en cualquier carrera del área humanista para maravillarme con la biología. Mi libro a partir de los doce años fue el libro de biología de Dilé.

 

Y en aquella época la región de O’Higgins no tenía universidad como tiene en la actualidad la universidad de O’Higgins.

 

Así es que me busqué la prueba de aptitud académica en aquella época y licenciatura en biología. Esa era mi sueño. Yo quería ser investigadora. Trabajar en genética de plantas. ¿Ya? Y la única en licenciatura en biología que e se daba más para el área de la de la diversidad biológica era en la sede Valparaíso de la Universidad de Chile. Y para allí me fui.

 

Y ahí me encanté, me maravillé con todo. Y ahí fue mi eh mi matrimonio por amor con la con la botánica. Eso fue mi mi mis comienzos.

 

¿Ya?Se da cuenta que es por vivir en zonas campestres por influencia de mi primo por la biología de Dilé y después llegar a ese lugar en que sí se hablaba de diversidad biológica cuando no se le nadie hablaba de eso. Salvo los académicos de aquella época que nos maravillaban con las plantas. El profesor Rodríguez Villaseñor, por ejemplo.

 

El profesor Aldo Mesa. Que nos llevaban al cerro La Campana y nos llevaban a distintas partes a recorrer y a ver la importancia que tenía cada uno de los seres vivos. Ese es mi amor.

 

Después de terminar licenciatura en biología. Bueno, en la en el mil novecientos ochenta con toda la revolución que hubo en el sistema universitario, en el cual la Universidad de Chile se crearon las universidades regionales, menos en esta región de Oquígenes, ¿eh? Terminé mi licenciatura en Santiago. Yo estaba haciendo mi tesis de licenciatura en biología, en genética, genética ecológica.

 

Con el profesor Premio Nacional de Ciencia, el doctor Danko Brunsic. En aquella época en la en la Chile. Y de ahí obtuve mi licenciatura.

 

Y me quedé en Santiago, pues. Y entré a estudiar el doctorado en la facultad de ciencias de la Universidad de Chile. Y ahí, obviamente, seguí la parte de genética ecológica.

 

  • ¿ Cómo llegó a trabajar a la isla de Juan Fernández?

 

“Mi tutor de aquella época recibió una llamada de un director de la Conaf, Carlos Beber, Que estaban trabajando y necesitaban a alguien para ir a trabajar a Juan Fernández. Estaba postulando un proyecto de la BBF, Para trabajar sobre las floras de Juan Fernández. Y eso fue como Dios mío, qué mejor para alguien que quería estudiar las plantas, que es Juan Fernández, que es un la maravilla, el gozo,  Y ahí me acerqué a CONAF, cuando antes había estado algo trabajando en las torres del Paine, ¿ya? Con el profesor Keita, lo sé,  Y pero Juan Fernández fue la locura, Y ahí gracias a Dios y a todos los ruegos porque debo haber hecho muchas mandas como mujer creyente para poder que me aceptaran y fuese la candidata adecuada para ir a Juan Fernández.

 

Y gracias a Dios así fue. Ya, para que eh entiendan a gente que nos escucha y que nos ve. ¿Qué qué cualidades tiene la isla de Juan Fernández que a usted le hacía y tan deseosa de ir allá? ¿Por qué Juan Fernández eh suscita la admiración y el deseo de que los investigadores vayan a ese lugar? ¿Qué tienen? ¿Qué tiene Juan Fernández? ¿Qué tiene además de ser una maravilla con tres islas? Las dos grandes maravillosas. Robinson en la isla Alejandro Selkir. Otra Santa Clara es pequeñita. Pero igual tiene su gracia.

 

Es el alto grado de de mismo, es decir, de especies únicas que tiene. Si las Islas Galápagos es especies únicas en el reino animal, en el reino vegetal, Juan Fernández es muchísimo más. Es decir, como todas las cosas con la sistemática que está cambiando día a día, lo cual es una maravilla también, Juan Fernández tenía más del cincuenta por ciento de sus especies de flora terrestre endémica, o sea, propios de allá.

 

Y siguen estando, es decir, las robinsonias, que son varias especies, las dendrocerias, otras tantas especies, o la yunquea dense, que es propia de la cumbre del cerro El Yunque,Que puedo hablar ahora dado estos programas que han dado a veces en la televisión. Y han mostrado la isla nuevamente, ¿Ya? Entonces era era el sueño. Es como si a cualquiera, un zoólogo le dijeran, puedes ir a trabajar a las Galápagos, yo creo que si vas a ya, listo, ni lo piensa. Juan Fernández, eso, para los que tú no lo no, ruedas. Harías cualquier cosa por ir a trabajar a Juan Fernández, ¿Ya? Tanto en la parte terrestre como en el caso mío, ya que iba por Conaf, como en la parte marina, Tanto de de de de seres del reino animal como del reino vegetal, eh, en algas o una maravilla. Entonces, eso, eso es Juan Fernández.

 

Una joya. Ahí, ahí es Juan Fernández, usted, no sé, ¿Cuánto tiempo estuvo? Trabajé durante cuatro años con este proyecto de la BBF Estados Unidos,  Ahí recorríamos las islas, yo me quedaba cinco meses en Juan Fernández, después volvía, después volvía. No, era una maravilla.

 

Y volvía al continente porque había que hacer los informes, había que volver a pedir las platas, apoyar en esas cosas,

 

* Pero usted tuvo un gran acierto, Ahí, en cierto modo, usted fue la responsable de aquí lo tengo, ojalá que lo pronuncie bien, el rescate de la especie Valenbergia, ¿Puede ser?

Cuéntenos un poquito ese trabajo ¿Qué importancia tuvo? ¿Cómo lo vivió? ¿Alguna anécdota?

 

“La vivencia real allá en Juan Fernández. Bueno, creo que la principal en Juan Fernández para mí fue el trabajar estrechamente con los guardaparques. Uno llega y tiene la teoría, la teoría, qué especie hay, el libro de Scott, ver el libro de Joho sobre la flora, era sabido, conocido, pero ya salir por los guardaparques, andar por esos terrenos que no son fáciles, en el cual uno tiene que andar de embote del bote, saltar a la roca, de la roca subir por los cerros, los acantilados.

 

Es increíble, cuando tú decías los guardaparques, sí, por aquí están las dendrocerias, aquí están las robinsonias, aquí están, y después las especies pequeñitas. Hay que pensar que, y es muy interesante esto desde un punto de vista sociológico, que en general la mayoría, y sobre todo los hombres, ven las plantas grandes, los árboles, los arbustos grandes, pero las plantas más pequeñitas son plantas nomás. Entonces ahí yo creo que fue el mínimo aporte que yo pude hacerle para los chiquillos, a los guardas, Ramón Chile, Araya, Miguel García, Oscar Chamorro, de la época mía, poder andar por los cerros con ellos, quedarnos dos o tres días en los distintos lugares para poder encontrar aquellas plantas pequeñitas.

 

Y salíamos temprano en la mañana, llevábamos cualquier cosa para comer. Lo ideal era recorrer, llevar poco peso porque había que pasar por vetas, cosa que a lo mejor en la actualidad ninguno de nosotros nos ocurriría hacer. Además tendríamos a todos los seguritos en la espalda.

 

Pero en aquella época era más libre todo y podíamos recorrer los distintos lugares y nos quedábamos en la noche con los chicos en carpas cualquiera, haciendo un pequeño fuellito y ya comiendo unos conejos que cazaban los conejeros. Y ahí en una de las tantos, buscando una dendroceris y una robinsonia, la robinsonia turífera, caminábamos por unas vetas por los bordes de los cerros y de repente una valenberge, pero casi siempre las que veíamos eran pequeñitas, eran de como de 10 centímetros, no más allá de 10, 15 centímetros. Y cuando de repente vemos una que era de un metro y medio entre medio de la robinsonia, qué raro que es esto, y empezamos a ver, justo habían unas pocas flores y en las flores no estaba la venación característica color púrpura de las otras dos valenberges que había en la isla Robinson Crusoe.

 

Y ahí fue que nos maravillamos, porque ahí recordé el libro de Jojo que decía que esa era la valenberge a la raín. Y por supuesto siempre era alegría con los guardaparques. ¡Oh qué rico la encontramos, qué maravilla! Y después llegar al camp, tomándole foto.

 

Recuerdo que ese viaje lo hicimos en esa parte, andábamos con Ramón Chiler, ¡oh qué rico! Y los guardaparques se alegraban tanto como uno de haber encontrado aquella especie que no se veía desde casi Jojo y Scottsdale. Entonces esa era la maravilla de esa especie, igual que varias otras, incluida algunas que ya nosotros hemos encontrado, encontrábamos uno o dos individuos y ahora hay algunas que están hasta extinguidas ya. Así que eso fue una de las cosas.

 

*¿Por qué fue tan importante ese hallazgo?

“Porque todavía esa plata que estaba en extinción o en peligro de extinción, usted sacó la esperosa, sacó las semillas, ¿cómo funcionó esto? Después creo que lo llevó al jardín botánico. Sí, porque después de mi trabajo con Juan Fernández y como se daba en todas las partes, los jardines botánicos tenían que servir para eso, para hacer conservación biológica. Y después de ahí fui al jardín botánico cuando todavía era parte de CONAF.

 

Y soy muy agradecida yo de Juan Pablo Reyes, que falleció ahora hace poquito, por creer en que no era una locura sacar el jardín botánico y dejarlo para la conservación biológica también. Y el querido Juan Flores, que era el director en aquella época y que me residió, a pesar de que podía haber sido más complejo él, que siempre decían eso y no fue así. Y fue una maravilla y empezamos a trabajar con eso.

 

Pero ¿cómo se hizo? Bueno, ya que lo habíamos encontrado, localizado, hay que pensar que en la época no había ni GPS. Nuestro GPS era nuestro cerebro. Lo mismo pasaba con los guardaparques en aquella época.

 

Y empezamos a ver. Tenía flores, por lo tanto iba a tener semillas. Y después empezamos a ir recurrentemente hasta llegar a marzo, abril, colectar semillas, hacerlas propagar en el invernadero que teníamos en la administración del Parque Nacional, en Juan Fernández, en Robinson Crusoe.

 

Y después ya trasladarlos para hacerlas propagar en el jardín botánico. Fue todo un rescate, sirvió para hacer análisis, completar las valenvergas de Chile, hechas en Estados Unidos porque teníamos semillas de todas las especies. Después las adjudicaron a otro taxón.

 

Pero lo interesante está en la variabilidad genética que nosotros pudimos aportar para las valenvergas de Chile. Creo que eso es una maravilla. Y con el paso de los años, con el paso de los años, todo puede ir variando.

 

Y esa es la gracia del aporte que uno hace en un determinado momento histórico. Porque en el momento que vivimos hoy con tanto cambio climático, con el cambio climático, con la crisis climática para la humanidad, es muy importante tener todas las especies. Porque ¿qué sucede en el fondo? Porque alguien puede decir, ay, ¿qué importa si hay una flor, que hay una planta? ¿Qué tanto? Pero ¿cuál es la importancia real para la especie humana, digamos? A lo mejor yo ni la conozco esa especie, pero ¿cómo se puede explicar eso? Lo que pasa es que hay un libro muy hermoso que habla de que los momentos, nosotros, lo que somos ahora como seres humanos, somos el recorrido de millones de años, de miles de millones de años, de miles de explosiones.

 

Nuestros átomos han formado parte de otros seres. Entonces, ¿qué es lo que ocurre? Nosotros vemos una fotografía de un momento. Tú, al recordarme a la balenberga Larraín, eso fue redescubierto en el año 89.

 

Te fijas, hace muchos años atrás. Fue un momento de la historia en el cual no existían seguramente algunos productos químicos que hemos estado echando a nuestra atmósfera. Se puede decirnos, oye, en aquella época, el año 89, se quebraron algunos cromosomas por efecto de tal cosa y llegó hasta la isla Robinson Crusoe.

 

Por ejemplo, podemos saber qué nos está haciendo daño, qué no, qué fue inocuo. Te fijas, yo creo que cada uno, cada gene nos está diciendo, nos está hablando acerca de nuestro pasado, el presente y lo que puede significar en el futuro. Cada especie es eso.

 

Una especie que desaparece es una parte de nuestra historia que puede darnos algunas indicaciones acerca del futuro. O sea, no estamos solos, somos todo un engranaje. Yo ahí pienso que a lo mejor como seres humanos tenemos más, tenemos el deber de preocuparnos de todo el resto de los engranajes, porque somos los que más lo estamos cambiando en la actualidad.

 

Podemos achacar eso a un rinoceronte, que también forma parte, pero nosotros sí somos responsables de lo que nos está pasando. Que no me gusta decirle antropoceno porque es darnos demasiada importancia, pero somos los más importantes en ir cambiando este mundo. Entonces, cada especie, cada gene que se pierda, somos los responsables, no podemos hacernos los lesos.

 

Y yo creo que esa es un poco la importancia de estudiar la diversidad biológica. Todas las especies y todo el resto de genes son nuestros compañeros de este viaje. ¿Qué hacemos? No vamos solos, aunque algunos piensen eso, pero no.

 

Vamos en compañía de lo que le está pasando a una especie. Puede que nos esté dando algunas luces de lo que nos pasará a nosotros o lo que nos está pasando y no nos damos cuenta. Por eso creo la importancia.”

 

  • Por último ¿Cómo fue abrir el campo este de la biología, de la diversidad biológica, del medioambiente, que eran ciencias nuevas, por decirlo así, para una mujer? Porque la verdad es que es un campo bien machista o más bien dominado por hombres. ¿Fue complicado? Así es.

 

“Nunca tanto, porque también, como siempre se dice, uno va caminando con otros. Hay que pensar que cuando yo estaba en la universidad, ya estaba la Adriana Hoffman, que fue una pionera. Ya estaba la Mary Cullen, la doctora Mary Cullen.

 

Y ya habíamos otras mujeres, incluidas en CONAF. Estaba la Javiera Mesa, trabajando con los pajaritos en la quinta. Estaba la Bárbara Saavedra, que estaba trabajando en otras cosas.

 

Estaba la Cecilia Smith, que estaba trabajando también con la Mary. Habíamos otros que de alguna manera nos estábamos metiendo en estos temas. Tampoco quiero olvidarme de algunas otras colegas en CONAF, que dentro de las distintas áreas, no solamente en áreas silvestres, sino que también en las que trabajaban en fiscalización, que les gustaba ir a trabajar con algunas plantas.

 

La Gina Michea, que trabajaba en nuestra área con las palmeras. Creo que, entre todas, nos mostrábamos a los chicos que si podíamos, y algunas nos creían. Es decir, Alberto Bordé, que era el jefe de área silvestre, patrimonio silvestre, ya no me acuerdo cómo se fue cambiando tanto de nombre.

 

Que nos creían. Iván Benoit, que también. Entonces, entre los chicos, veía que estas mujeres locas podían andar por los riscos, igual que cualquiera.

 

Que no nos asustaba salir con tres o cuatro guardaparques y quedarnos afuera en las carpas. Porque éramos colegas. Yo creo que eso fue lo que nosotros, en aquella época, dábamos fe.

 

De que sí podíamos hacer cosas interesantes. Que no nos asustaba salir a terreno. Que podíamos andar en botes, que podíamos andar a caballo, que podíamos andar a pie horas caminando.

 

No con las mochilas tan cargadas, porque eso hay que recordar que los guardaparques siempre han sido gentiles. Y sobre todo, si uno no andaba con remilgos. Nos ayudaban, pero podíamos andar igual horas con ellos.

 

Horas y horas. Cuatro, cinco, seis, ocho horas para llegar a un lugar. Llevar, dormir en carpas igual que ellos, comer igual.

 

Y yo creo que eso nosotras fuimos pioneras en eso. En que podíamos hacer las mismas cosas sin remilgos. Y con el aporte que hacían.

 

Yo recuerdo haber salido a terreno con la Mary Cullen y la Mary andaba horas y horas y horas por la cordillera. Y ningún problema. O la misma Adriana Hoffman, no sé, viendo los cactus en Paposo.

 

Horas de andar en terreno sin preocuparse. Con esos ejemplos, más nosotros que dimos esos otros ejemplos de andar en terreno, quedarnos, y hacer, creo que nos pudimos seguir abriendo campos para las mujeres en estos lugares y demostrándoles a los chicos que podíamos. Creo que eso es lo que hay que hacer.

 

El hecho de esta entrega tan importante a la investigación, que es un trabajo arduo, el otro lado, digamos, de la parte personal, si fuera por otro rumbo, es decir, no sé si usted tiene hijos, si pudo también desarrollar eso, porque no es fácil para una mujer tener hijos y estar desarrollando esta actividad por meses. No, de acuerdo, pero yo creo que no. A pesar que yo no tengo hijos, yo personalmente por decisión personal, pero las otras chicas no han tenido ningún problema.

 

Se puede compatibilizar. Yo creo que se puede compatibilizar. Yo alguna vez me admiré de ver a una colega, la Cecilia Pérez, que trabajaba en la Católica, y andaba con su bebé en la espalda ahí en el bosque lluvioso de Chiloé.

 

Yo creo que no, yo creo que les pasa a todas las mujeres que uno puede hacer muchas cosas, y lo importante es tener un muy buen compañero que te apoye. Esa parte yo la viví con mi mamá, a pesar que ella trabajaba en una oficina, pero se turnaban para ir a las reuniones con mi papá, las reuniones de mis hermanos, mis reuniones mías del colegio, se turnaban. No sé, pues mi mamá a veces trabajaba en Rancagua y nosotros vivíamos en Rengo.

 

El encargado de comprar el pan era mi papá, el encargado de ir a la carnicería, todas esas cosas, era mi papá. Y mi mamá llegaba a ayudarnos un poco, porque llegaba más tarde, y no, o sea, yo creo que todo tiene que ver cómo uno se la… y encontrar un compañero, porque los hijos y la casa no es de uno nomás, es de dos. Yo alguna vez estuve de pareja y era de dos las cosas, o sea, si el que llegaba primero hacía, empezaba a hacer la cena, el que tenía libre un día sábado, hacía el aseo, iba a comprar.

 

Yo creo que el asunto está en que nuestra generación también aprendió a hacer las cosas de a dos. ¿Cómo el futuro a nivel, digamos, de la biodiversidad del planeta, de nosotros, como parte de este sistema? Mira, yo a veces he pasado por etapas, ciclos, entre pesimistas, optimistas, pesimistas y optimistas, pero en general soy una persona optimista. Creo que a veces nos hemos puesto a nosotros mismas muchas barreras. Y eso nos ha limitado”.

  • La publicación de esta entrevista fue posible gracias al financiamiento del Fondo de Fomento de Medios de Comunicación Social del Gobierno de Chile y del Consejo Regional Metropolitano 

 

 

 

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