Este reportaje busca iluminar esa trayectoria, explorando cómo las artistas chilenas han desafiado no solo los cánones estéticos, sino también los roles sociales y las restricciones de su tiempo. Desde las pintoras que lucharon por entrar a las escuelas de Bellas Artes en el siglo XIX, hasta las performers y colectivas que hoy interpelan al sistema desde la interseccionalidad, su contribución ha sido fundamental para entender la compleja identidad cultural del país.

I. Las Fundadoras: Entre el Óleo y el Prejuicio (Siglo XIX y principios del XX)
El acceso formal de las mujeres al arte en Chile fue, inicialmente, un privilegio de élite y un acto de rebeldía solitaria. En el siglo XIX, el aprendizaje artístico para una mujer se limitaba, en el mejor de los casos, a la acuarela y el dibujo como “habilidades decorativas” propias de su género.
Una figura que desafió este confinamiento fue Celia Castro (1860-1930), reconocida como la primera pintora profesional de Chile. Para formarse, debió superar la férrea oposición familiar y social. Su consagración llegó en 1884, cuando obtuvo una pensión del gobierno para estudiar en la Academia Julian de París, un hecho excepcional. A su regreso, se dedicó a la pintura de retrato y paisaje, abriendo un camino que otras seguirían. Su vida plantea una pregunta fundamental para todas las pioneras: ¿cómo crear cuando tu sola existencia como creadora es una anomalía?
Apenas unas décadas después, Julieta Krebs (1884-1963) llevó la transgresión más lejos. No solo fue una destacada pintora postimpresionista, sino que también desafió abiertamente las convenciones morales de la época con su estilo de vida bohemio e independiente. Su obra, vibrante y cargada de color, escapó de los temas considerados “femeninos” para adentrarse en paisajes urbanos y escenas de la vida moderna. Krebs representó un nuevo modelo: la artista como sujeto libre, dueña de su mirada y de su destino, un concepto radical para la Chile de principios del siglo XX.
En paralelo, en el campo de las letras, nombres como Martina Barros Borgoño (traductora y divulgadora de John Stuart Mill) o la propia Gabriela Mistral comenzaban a agrietar el monopolio masculino de la palabra pública. Mistral, aunque su reconocimiento es global, debe leerse también en este contexto: una mujer que desde la poesía construyó un universo moral, político y afectivo de una profundidad sin precedentes, ganando el Premio Nobel en 1945 y demostrando que la voz femenina podía ocupar el centro del canon literario universal.
II. La Modernidad y la Búsqueda de un Lenguaje Propio (Mediados del Siglo XX)
Con el advenimiento de las vanguardias y la modernización del país, las artistas chilenas comenzaron a participar de manera más activa en los movimientos colectivos, aunque a menudo desde un lugar secundario en la historiografía.
La escultora Lily Garafulic (1914-2012) es un ejemplo de excelencia y liderazgo en un medio particularmente masculino. Discípula de Lorenzo Domínguez, se convirtió en una maestra de la abstracción en la escultura, trabajando con materiales tan diversos como la piedra, el bronce y el hormigón. Su obra, de una pureza formal y una potencia monumental, le valió ser directora del Museo Nacional de Bellas Artes (1973-1977), uno de los cargos de mayor autoridad en el mundo cultural chileno de la época.
En pintura, Matilde Pérez (1916-2014) se erigió como la gran pionera del arte cinético en Chile y una de las figuras más importantes del movimiento en América Latina. Su obra, basada en la investigación científica de la percepción visual, el movimiento y la luz, desafiaba la noción misma de arte estático. Pérez no solo creó; investigó, teorizó y defendió con tenacidad su propuesta estética en un ambiente a menudo escéptico. Su trayectoria habla de una artista-científica, una creadora que expandió los límites materiales y conceptuales de la disciplina.
En este período también surge con fuerza la figura de María Elena Gertner (1929-1995), artista visual que desde la pintura y el grabado desarrolló un lenguaje simbólico y onírico de gran intensidad, explorando temas como la memoria, el dolor y la condición femenina. Su obra, menos asociada a movimientos colectivos y más a una introspección poderosa, muestra otra vertiente fundamental: la exploración de un mundo interior complejo y subjetivo como acto político y estético.
III. Dictadura, Cuerpo y Resistencia (1970s-1990s)
El golpe militar de 1973 y la posterior dictadura marcaron un punto de inflexión traumático. Para las artistas, el cuerpo, la memoria y el espacio político se volvieron territorios de creación y denuncia urgentes.
La artista visual, performer y fotógrafa Catalina Parra (1940-), hija de Violeta, utilizó el collage y el arte postal (mail art) para crear obras de una crítica política feroz y lúcida. En series como “Imbunches” (1977), trabajó con recortes de prensa, creando imágenes perturbadoras que aludían a la mutilación de la información y la realidad bajo la censura. Su obra demostró cómo el arte podía ser un archivo alternativo de la historia y un arma de resistencia desde el exilio y el interior.
Por su parte, Diamela Eltit (1949-), escritora y artista de acción, llevó la experimentación al límite del cuerpo. Su performance “Zona de Dolor” (1980), donde quemaba partes de su piel mientras leía en un burdel de Santiago, se ha convertido en un ícono del arte de resistencia durante la dictadura. En sus novelas, como Lumpérica o Por la patria, continuó esta exploración de los cuerpos sometidos, femeninos y marginales, desarticulando el lenguaje del poder desde dentro. Eltit representa la fusión entre arte, cuerpo y escritura como un acto de disidencia radical.
En esta misma línea, el colectivo Las Yeguas del Apocalipsis, formado por Francisco Casas y Pedro Lemebel (cuya figura, desde la disidencia sexual y de clase, tiene una dimensión monumental), aunque no era exclusivamente femenino, creó un espacio donde la performatividad, lo marginal y lo femenino (en un sentido amplio y transgresor) se usaron para criticar la dictadura, el machismo y la homofobia. Su presencia abrió grietas en el discurso hegemónico desde la periferia de los géneros y las identidades.
IV. La Contemporaneidad: Pluralidad, Cuerpo-Territorio y Nuevas Narrativas (Siglo XXI)
El arte chileno actual es inconcebible sin el protagonismo de las mujeres, quienes hoy lideran algunos de los proyectos más innovadores y críticos, abordando temas como la memoria histórica, el feminismo, la ecología y las identidades indígenas.
La artista visual Voluspa Jarpa (1971-) ha ganado reconocimiento internacional por sus instalaciones que trabajan con archivos desclasificados de la CIA y otras agencias. Su obra, de una escala monumental y una investigación rigurosa, explora los mecanismos del poder, la construcción de la historia y los traumas colectivos, ofreciendo una relectura crítica de la historia reciente de América Latina desde una perspectiva visual y documental.
En el campo de la performance y la fotografía, Catherine Opie (1961-), fotógrafa estadounidense con una fuerte conexión con Chile a través de su esposa, la arquitecta Julie Burleigh, ha retratado la realidad chilena con una mirada única, aunque es la artista visual Nadia Sepúlveda quien, desde dentro, ha trabajado con la memoria de los detenidos desaparecidos a través de acciones simbólicas y fotografías intervenidas.
Las nuevas generaciones, formadas por colectivas feministas y con una conciencia aguda sobre la interseccionalidad, están redefiniendo el campo. Colectivos como Lastesis (cuyo himno “Un violador en tu camino” se convirtió en un fenómeno global de protesta feminista), Yeguas Latinoamericanas o Mujeres Públicas utilizan la performance, el arte callejero y la gráfica para intervenir directamente en el espacio público, politizando el cuerpo y denunciando la violencia de género. Su arte es acción, es grito colectivo y es, ante todo, un reclamo de espacio simbólico y físico.
Paralelamente, artistas como Bernarda Aucapan (textilera mapuche) o Loreto Millalén (platería mapuche) están reivindicando los saberes y técnicas ancestrales, posicionándolas como formas de arte contemporáneo y de resistencia cultural, desafiando las jerarquías entre “arte” y “artesanía”.
Conclusión
La contribución de las mujeres al arte chileno no es un capítulo complementario, sino el entramado mismo de una tradición cultural diversa y en permanente conflicto. Desde Celia Castro desafiando los salones decimonónicos hasta Lastesis coreografiando la rabia en plazas de todo el mundo, las artistas han expandido los límites de lo decible, lo visible y lo posible.
Han luchado por el derecho a formarse, a exponer, a vivir de su trabajo y a que su mirada sobre el mundo sea considerada legítima. Han abordado la historia, el paisaje, la política, la intimidad y el cuerpo con una potencia que ha transformado la escena cultural. El arte chileno contemporáneo, vibrante, crítico y diverso, es en gran medida resultado de esa lucha secular. Reconocer y estudiar esta genealogía no es solo un acto de justicia histórica, sino una necesidad para comprender la compleja y palpitante realidad del arte en Chile hoy. El futuro se sigue escribiendo, y son incontables las artistas que, con pincel, cámara, cuerpo o voz, están trazando sus propias coordenadas en el mapa infinito de la creación.
- La publicación de esta entrevista fue posible gracias al financiamiento del Fondo de Fomento de Medios de Comunicación Social del Gobierno de Chile y del Consejo Regional Metropolitano










